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En museos o salas de exposición, como en cualquier otro edificio, puede haber entradas de luz natural que permita su aprovechamiento para iluminar el espacio interior. Si bien quizás es más complicado focalizar esta luz sobre la obra expuesta y conseguir una buena iluminación que permita percibir la obra con total y perfecto detalle, si es posible emplear la luz natural para iluminar el entorno y crear una atmósfera que aporte matices a la experiencia museográfica. Esto último ocurre en el MACBA de Barcelona o en el Jorge Oteiza de Alzuza (Navarra), por ejemplo, donde la visita diurna y nocturna difieren mucho una de otra, pues la atmósfera propuesta y la estética ofrecida de día o de noche supone una experiencia contemplativa totalmente distinta, en la cual el propio museo se convierte en arte en sí mismo.

Lo primero a tener en cuenta antes de utilizar la luz solar para iluminar un museo, es el alto poder de deterioro de los objetos sobre los que incide. Aquellos objetos que tengan un alto riesgo de deterioro por la acción de la luz, deberían incluso exhibirse en una sala sin una sola entrada de luz natural, incluso estando esta filtrada. La luz solar contiene gran cantidad de radiación ultravioleta e infrarroja, produciendo daño fotoquímico y térmico al mismo tiempo (es por ello que a partir de 1950, cuando se demostró el daño que podía causar la luz solar sobre las obras, se empezaron a construir museos sin entradas de luz natural, contrariamente a la práctica habitual hasta entonces). Por este motivo, sumado a la dificultad de dirigir la luz solar (por su cualidad estacional y horaria), es prácticamente inviable emplear la luz natural para iluminar correctamente una obra de arte; por ello, lo adecuado es emplearla para la iluminación general del espacio. Aun así, esta luz debe estar filtrada y perfectamente dirigida para evitar el deterioro de las obras o problemas de visibilidad como pueda ser el deslumbramiento; además, para que la luz natural empleada en nuestro espacio sea difusa y por lo tanto, más agradable, la entrada de aprovechamiento de luz natural no debería estar enfocada al Norte.

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En cuanto a la mejor forma de permitir la entrada de la luz natural al interior de un museo o sala de exposición, descartamos las ventanas como forma de aprovechamiento de la luz solar; en una galería de exposición, los planos verticales de la sala (donde se ubicarían las ventanas) son destinados a exhibir las obras, por lo que una ventana, además de robar espacio físico a las obras, rompe la continuidad estética de la contemplación de la exposición. La apertura de claraboyas o tragaluces en el plano horizontal supone, indudablemente, una mejor opción: la luz puede entrar difusamente a través de un área extensa, generando sombras suaves en el interior, sin provocar reflexiones; aunque puede suponer algunos problemas de deslumbramiento si el contraste entre el brillo del techo y las paredes del interior es muy alto, así como la dificultad de controlar y filtrar la luz solar que entra a través de estas aberturas, las cuales solo afectan a las salas que estén inmediatamente bajo este último techo que separa el interior del exterior.

La combinación de luz natural y luz artificial es obligada en la iluminación de un museo que quiera nutrirse de luz solar. Pero para llevar a cabo esta unión, hay que coordinar perfectamente que luz natural y luz artificial no entren en conflicto debido al espectro cambiante de la luz natural, ya sea evitando el contacto entre ambos haces o programando una luz artificial dinámica que acompañe a la luz solar en cada momento del día.

En resumen, la luz natural en un museo debe ser difusa y correctamente filtrada para evitar exceso de iluminancia o de radiación UV e infrarroja. La luz natural es apropiada en este caso para crear atmósferas e iluminar el entorno, pero para garantizar el buen estado de las obras y la correcta apreciación de las mismas, de sus formas, colores y detalles, estas deben estar iluminada con luz artificial; al mismo tiempo, fuentes de luz artificial deberán coordinarse y adaptarse a la luz natural y a su dinamismo a lo largo del día para combinarse con esta y evitar así sombras indeseadas o zonas de extremo contraste de iluminancia causada por los ángulos cambiantes del haz de luz solar que penetra en nuestro espacio.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • “El Libro Blanco de la Iluminación”, Fernando Vila Arroyo. Madrid: Comité Español de Iluminación, 2013. “Libro 4: Aplicaciones de Alumbrado Interior. 4.9. Alumbrado de Espacio Expositivos y Museos”.
  • “Daylighting performance in UAE traditional buildings used as museums”, UAE University (Abu Dhabi, Emiratos Arabes), febrero 2018.